Curaduría
Carlos Torres y Milagros Aguilar
Montaje
Lucía Weilg La Torre
Diseño web
PICOL Estudio
Documentos
Archivo de Arquitectura PUCP – Fondo Documental BURGA
Jorge Burga llevó el dibujo a campos de exploración situados más allá de la arquitectura entendida como disciplina autónoma. El dibujo ya no se limita a registrar espacios o proyectar edificaciones, sino que se abre hacia una investigación amplia sobre forma, materia y representación. Figuras humanas, huellas gráficas y composiciones abstractas aparecen como parte de un proceso donde el cuerpo y la materia se convierten en origen del pensamiento visual.
Las figuras humanas construidas a partir de huellas y tramas revelan una aproximación directa y casi táctil al dibujo. La línea renuncia a un contorno preciso para constituir una acumulación de gestos. El cuerpo, ajeno a la proporción académica, es representado a partir de su fragmentación: torsos, extremidades y volúmenes se construyen a base de texturas repetidas que generan una relación intensa entre figura y superficie.
Este procedimiento introduce una dimensión material del dibujo. La huella deja de ser un medio para representar y se convierte en materia en sí misma. Cada marca contiene una carga física: presión, repetición, ritmo. El dibujo se aproxima así a un registro corporal, donde el gesto del arquitecto queda inscrito en la superficie como parte del proceso creativo.
A través de tramas, superposiciones y variaciones de escala, estas imágenes exploran relaciones entre cuerpo, espacio y superficie que no buscan resolverse en una forma final. Permanecen abiertas, como ejercicios donde lo importante no es el resultado, sino el proceso. El dibujo funciona como un campo de pruebas donde la repetición, la deformación y la abstracción descubren nuevas posibilidades formales.
En este sentido, el grafismo adquiere autonomía. Superando la descripción, las texturas, los patrones y las densidades se revelan capaces de construir. La superficie deja de ser un plano neutro para convertirse en un espacio activo donde se producen relaciones. Esta condición acerca estos dibujos a prácticas artísticas contemporáneas caracterizadas por el límite difuso entre arquitectura, arte y experimentación visual.
Sin embargo, lejos de ser un desvío, estas exploraciones son consistentes con la práctica de Burga. En ellas se reconoce una constante: la necesidad de pensar la arquitectura desde lo concreto —el cuerpo, la materia, el gesto— antes que desde la forma abstracta. Incluso cuando el dibujo se aleja de la arquitectura como objeto, sigue siendo una herramienta para investigar sus fundamentos.
Además de registrar arquitecturas y desarrollar proyectos, Jorge Burga utilizó el dibujo como un espacio de experimentación radical. En los ejercicios experimentales, el dibujo se emancipa de cualquier encargo específico y se convierte en un laboratorio donde es posible ensayar ideas sin restricciones programáticas o constructivas.
Las exploraciones más libres, como la composición coloreada con formas fragmentadas y espacios interconectados, refuerzan esta idea. El dibujo se aproxima a un universo narrativo que entrelaza arquitectura e imaginación. Pasarelas, puentes y volúmenes se articulan en escenarios que evocan ciudades imaginadas, pero posibles, sin necesidad de anclarse a un lugar específico.
Las estructuras imaginarias muestran este desplazamiento con claridad. Torres, rampas, plataformas, conductos y volúmenes se ensamblan en composiciones complejas que se apartan de un uso definido. Se trata de configuraciones abiertas cuyos elementos parecen responder a una lógica interna de relaciones antes que a una función concreta.
Estas estructuras recuerdan, en algunos casos, artefactos mecánicos o infraestructuras industriales, pero también escenarios arquitectónicos posibles. No son completamente abstractas ni completamente funcionales. Se sitúan en un territorio intermedio donde la forma se construye a partir de la experimentación. El dibujo permite así explorar combinaciones espaciales que difícilmente surgirían dentro de las limitaciones de un proyecto real.
Uno de los aspectos más interesantes de estas composiciones es su carácter acumulativo. Los elementos se agregan, se superponen y se conectan mediante puentes, rampas y plataformas. No presentan una jerarquía clara ni un centro dominante. La arquitectura aparece como un ensamblaje en constante crecimiento que permite a cada parte transformarse o desplazarse. Este modo de operar introduce una lógica distinta a la del proyecto tradicional. En lugar de partir de un programa definido, el dibujo construye su propia lógica interna. Las relaciones espaciales —circulación, conexión, superposición— se convierten en el motor de la forma. El resultado no es un edificio, sino una estructura de pensamiento.
En estas imágenes, el dibujo permite ensayar una arquitectura sin gravedad disciplinar. Las reglas de la tipología, el contexto o el programa se suspenden momentáneamente para dar paso a una exploración intuitiva. Sin embargo, la libertad no implica arbitrariedad. Por el contrario, revela una profunda comprensión de las relaciones espaciales, la estructura y el ensamblaje.
Este “laboratorio gráfico” no es ajeno a la práctica proyectual de Jorge Burga; muchas de las ideas que aparecen en estos dibujos, sean la fragmentación, la articulación por recorridos o la superposición de sistemas, pueden reconocerse, más adelante, en sus proyectos arquitectónicos. La experimentación no es un ejercicio paralelo, sino una instancia previa donde se ensayan posibilidades susceptibles de ser traducidas al proyecto. En este sentido, el dibujo funciona como un espacio de anticipación. Permite explorar sin las restricciones de la realidad, pero también construir herramientas para enfrentarla. Es, finalmente, un lugar donde la arquitectura se piensa en estado puro: como relación, como estructura, como posibilidad.
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Nombre: ST. [Dibujos sobre arquitectura vernácula]
Autor: Jorge Burga Bartra
Año: Desconocido
Fuente: Fondo Documental BURGA, Archivo de Arquitectura PUCP.
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