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Archivo de Arquitectura PUCP – Fondo Documental VELARDE

Algo sobre la filosofía en Velarde[1]

El idealismo subyacente en el marco de la dialéctica y el humorismo
Figura 1. Portada. Tomo 9 del diario de recortes de Héctor Velarde. Fondo Documental VELARDE, Archivo de Arquitectura PUCP.

Edward Leiva Orga

Héctor Velarde, un personaje complejo, desafía las expectativas de un pensamiento único y definido. Su obra, escrita como arquitectónica, revela una mente que no se acomoda a una sola idea o posición, sino que se mueve con fluidez entre diferentes perspectivas, incluso opuestas. Esta lucha de contrarios se aprecia en la diversidad de temas que aborda y la mezcla de estilos presente en su arquitectura. Sus ensayos humorísticos, especialmente, ofrecen una ventana a su pensamiento íntimo. Yo quiero ser filósofo (1932), El diablo y la técnica (1935), Fragmentos de espacio (1938) y El circo de Pitágoras (1940) combinan narrativas atractivas con un lenguaje humorístico lleno de reflexiones filosóficas optimistas.

Los ensayos de Velarde, extrapolados de su vida cotidiana, incluyen conceptos aparentemente opuestos. Según Velarde,

[l]os arquitectos estamos siempre entre el cielo y la tierra (terreno y techos), entre el rico y el pobre (obrero y propietario), entre el espíritu y la materia (el ladrillo y arte), entre la realidad y la ilusión (honorario y sueño). Es una profesión de equilibrio, de filósofos […] (1943a: 18).

Dicho de otra manera, la reflexión filosófica de la realidad a partir de la confrontación es una parte vital de la práctica ideal de la arquitectura.

La filosofía en la obra de Héctor Velarde se evidencia en “Una charla sobre la filosófica profesión del arquitecto”, dirigida a estudiantes preuniversitarios en 1943. Allí, su conocimiento de la teoría y la historia es mostrado con mayor fuerza y personalidad en busca de llevar a los adolescentes hacia la reflexión.

Los escritos que vinculan a Velarde con la filosofía y el humor han asociado su figura con movimientos filosóficos como el humanismo y platonismo[2]. Este ensayo se propone reconocer la corriente del idealismo en el pensamiento de Héctor Velarde y el modo en que se refleja en el uso del humor y la dialéctica de su obra escrita antes de 1940. Se sugiere que Velarde se guiaba por principios de la filosofía idealista en sus aspectos morales, éticos y estilísticos. El hecho puede explicar la aparente incoherencia de sus preferencias estéticas, temas de conversación y críticas en el campo de la arquitectura.

 

Marco teórico

Para comprender la filosofía de Héctor Velarde es fundamental definir de modo básico ciertos conceptos. Estas definiciones sencillas, aunque relevantes para esta investigación, no son absolutas ni únicas.

El idealismo es una de las corrientes filosóficas fundamentales desde el siglo XVII. Su principio filosófico básico, basado en la distinción entre lo material y lo espiritual, refiere a la idea como esencia dotada de máximo valor (Escuela Cruz 2019: 518). El valor de las cosas reside en un concepto superior, determinante y permanente, en contraste con la materia, que está sujeta al cambio, la evolución y la relatividad. Desde esta perspectiva, el idealismo se define como el “movimiento filosófico que estudia al ser a través del todo y sus partes” (González 1999: 358). Se busca comprender la realidad analizando la idea desde diferentes perspectivas y posturas. Descartes, Kant, Schelling y Hegel son figuras prominentes del idealismo filosófico.

Por otro lado, la dialéctica, base del pensamiento marxista por ejemplo, nace del idealismo. Para Fichte, la dialéctica es un método de reflexión filosófica que busca indagar en los fundamentos de la experiencia de la realidad. Muestra un proceso basado en tres momentos: “la posición (tesis), contraposición (antítesis) y limitación recíproca (síntesis)” (González 1999: 368). En otras palabras, la dialéctica contrasta ideas y conceptos para obtener un resultado intermedio. No debe confundirse con la lucha de contrarios, referida a la naturaleza dual de la realidad (Rosental e Iudin 1946: 181). La dialéctica estudiaría la lucha de contrarios con la mirada optimista de conseguir un estado armónico entre evidentes contradicciones.

Así también, el humorismo es un lenguaje de la literatura; para Elio Martuccelli el humorismo de Velarde se caracteriza por la expresión vivaz y sincera de la realidad, una muestra optimista y humilde de la experiencia personal. Aquello es “el modo de afrontar y comentar con ingenio e ironía cualquier cosa” (2013: 72), a diferencia de la comedia o la sátira, que enfatizan lo ridículo sin intención reflexiva. Es evidente que el humorismo se lee mejor si hay una intención positiva de fondo, pues “el humorismo es también la expresión más cotidiana del hombre para enfrentar las preocupaciones del momento; significa bondad, libertad y aceptación comprensiva de lo que existe” (Velarde 1943b). El humor contiene una actitud optimista y positiva.

Hegel, Pitágoras y Platón

La cantidad de filósofos mencionados en la obra escrita de Velarde es vasta y diversa. Hans Driesch es traído en “Las cosas de Einstein”, de 1935, para explicar la relatividad del espacio y el tiempo en arquitectura; Aristóteles y Kant están presentes en “La crisis del yo”, de 1938, que describe la naturaleza del sujeto individual; Euclides aparece en “Arquitectura y música”, de 1940, que trata sobre música, física y matemáticas. De modo similar, Voltaire sirve en “Un Sermón” (1932) para criticar algunos principios religiosos absolutistas de la época de la Ilustración, mientras Freud es mostrado como un modelo de humanista en “La pretensión” (1935). Velarde también usa de modelo moral a Rousseau en relación con el derecho y la libertad y recurre a Pascal para reprobar la deshumanización del humorismo a través de la sátira y la burla. El hecho de que Velarde llame “T sin Fu” al sabio Sun Tzu en “La técnica del humorismo” (1940b), como si de un amigo se tratase, manifiesta su comodidad con la filosofía.

Sin embargo, son Hegel, Pitágoras y Platón (ordenados según su primera mención en los ensayos) los referentes fundamentales de Héctor Velarde. En “Hegel al revés”, de 1939, incluido en la recopilación El circo de Pitágoras, Velarde se inspira en la filosofía hegeliana del arte para explicar de modo dual los conceptos de materia y vida. El autor sostiene que, a menor evidencia del uso de la materia en el arte, la vida se vuelve más evidente y presente. La tensión entre un concepto poético en el arte y las características materiales de la pieza de arte, crean un equilibrio que puede tener más o menos vida, dependiendo de la proporción. Como sea, lo más atractivo de Hegel para Velarde era el concepto del todo, según el cual las “partes, finitas, insuficientes y contradictorias, cuando se las confronta a través de la reflexión, terminan siendo propias del todo” (Jaramillo 1986: 48).

Figura 2. Héctor Velarde le muestra a Bramante (1444-1514) la arquitectura neocolonial de Lima. Fondo Documental VELARDE, Archivo de Arquitectura PUCP.

Pitágoras destaca por sus menciones recurrentes en los ensayos de Velarde, quien en El circo de Pitágoras, de 1940, desdibuja mediante el humor la seriedad del filósofo. Pitágoras, además, era matemático. Representaba la mezcla perfecta para que Velarde aprendiera lo mejor de ambos campos. En “La escuela de Pitágoras”, el arquitecto relata que en la antigua Grecia “las matemáticas servían para explicar el mundo espiritual y dominar la materia, ahora dependemos de ella” (1966 [1932]: 241). En la filosofía de Pitágoras Velarde pudo hallar un estímulo para dar un propósito espiritual y trascendental a la materia.

Platón aparece puntualmente en diversos textos de Velarde, entre los que sobresale “Una charla sobre la filosófica profesión del arquitecto”. Allí se afirma lo siguiente:

Platón define la belleza como debe definirla todo arquitecto: (La arquitectura es el resplandor de la verdad). En arquitectura todo lo que no es verdadero, sincero, franco, no puede ser bello. La arquitectura no es un arte teatral. Es el arte de la realidad misma. El objeto de una construcción debe corresponder siempre a un ideal. En la expresión de ese ideal está el arte (1943a: 14).

Así, la belleza de la profesión del arquitecto no es sino expresada bajo la influencia de un ideal en el proceso de diseño y construcción.

Dialéctica, maestra de la conciliación

Como profesional, escritor y maestro, Velarde abordó diversos temas, asumiendo al mismo tiempo ideas y posturas que lo acercaban incluso a la contradicción. Resulta interesante saber de qué manera conceptos opuestos pueden dialogar en las mismas páginas. El hecho tiene que ver con la dialéctica, mencionada antes. El empleo de la tensión dialéctica presenta muchos ejemplos en los escritos de Velarde.

En “Los anormales”, el autor confronta lo normal y lo extraordinario; en “De cómo Descartes pudo demostrar la inmortalidad del alma” compara el mundo interior con el mundo interior; en “Variaciones sobre Hegel” enfrenta la materia con el concepto metafísico. Así también, en “Una conferencia” pone a combatir la lógica contra el corazón. También hace batallar lo cotidiano con lo técnico, la tradición con la modernidad, la practica con la teoría, el adobe versus el concreto armado. La estructura para hacerlo es similar. Al inicio coloca dos ideas a los extremos, comúnmente con citas de algunos filósofos, luego las va desenvolviendo poco a poco y, finalmente, en los últimos párrafos las concilia o sintetiza en una idea clave, objetiva y de real significado.

En “La contribución al estudio de la huachafería en el arte”, Velarde trae los conceptos de forma y fondo. La huachafería, como una cultura descompuesta, atractiva y cómica, es el resultado de una proporción en que la forma se come al fondo. La huachafería, como expresión, es demasiada vistosa, colorida, exhibicionista y termina por sobreponerse a la esencia del objeto, sea en arquitectura, arte o música.

Velarde abordó diversos temas, asumiendo al mismo tiempo ideas y posturas que lo acercaban incluso a la contradicción. Resulta interesante saber de qué manera conceptos opuestos pueden dialogar en las mismas páginas.

La dualidad también es empleada en “Camille Mauclair versus Le Corbusier”. Velarde defiende a Le Corbusier ante las críticas de Mauclair en torno a la falta de valor o fondo de su arquitectura atemporal. Sin embargo, se ubica en un punto medio: “Todos exageramos en esta época de velocidades increíbles. Nada es consecuencia de nada y todo es consecuencia de todo” (Velarde 1940a: 32). En medio de un desacuerdo, Velarde llega a una conciliación.

Dentro de la dialéctica, “solo lo que se expresa de un modo mediado manifiesta la realidad auténtica” (Jaramillo 1986: 49). La tesis será confrontada con su antítesis para acceder a un comportamiento objetivo, que está representado en la síntesis.

En los ensayos de Velarde el método dialéctico es aplicado de modo infinito, lo que lleva a una verdad siempre cambiante. Si se llega a una síntesis entre un concepto A y un concepto B, y se concluye C, se introduce D para confrontar C y E para contrastar F, tal como se grafica en la Figura 3. De este modo, se puede entender la capacidad de Velarde para adaptarse a diversos estilos, así como su rechazo a las posturas absolutas en favor de la aceptación de diferentes perspectivas.

La dialéctica pone a las personas en una situación de tensión incómoda. Para Velarde es lo contrario. “En lo raro y extraño siente placer, y no solo como en lo original e interesante, sino porque le confirma su propio ser lleno de contradicciones” (Velarde 1943b).

Figura 3a. La síntesis como confrontación objetiva de tesis y antítesis. Elaboración propia.
Figura 3b. Síntesis aplicada al infinito. Elaboración propia.

La tentación de aferrarse a una opinión preestablecida y defenderla, sin considerar perspectivas divergentes, es ciertamente atractiva. Es cómodo evitar el desafío de lo desconocido encarnado en otras ideas, así como dejar de lado la exploración de las propias contradicciones. Según Velarde, “el hombre moderno toma el camino, no para llegar sino para caminar sobre él con la mayor rapidez y el máximo de agrado, de comodidad, de confort” (1940a). En ese aspecto, la obra escrita de Velarde cumple una misión propia y honorable, pues, en sus palabras, “el arquitecto tiene una obligación sagrada: hacer siempre lo mejor que pueda” (1943a: 18).

Humor, puente entre forma y fondo

Velarde se hizo muy conocido en Latinoamérica por sus ensayos humorísticos caracterizados por la familiaridad y la calidez como también por su ironía fina y sutil. Con esos recursos, hacía fácil la lectura de temas serios, profundos y asimismo técnicos. Las reseñas motivadas por el tomo El circo de Pitágoras indican esas cualidades y manifiestan su popularidad entre los lectores.

El humor en los ensayos puede manifestarse de varias formas. Una es la narración anecdótica. Otra es la creación de personajes diversos y caricaturescos. Una tercera es el uso de la ironía para abordar temas complejos, con un efecto humorístico. Velarde sobresalió en lo último.

En “(Algo sobre) la técnica del humorismo” Velarde menciona que para hacer buen humorismo “hay que hablar lo menos posible, suprimir toda definición filosófica o pesada” (1940b). Lo curioso es que en este artículo hace totalmente lo opuesto: se extiende e introduce conceptos de filósofos para dejar clara su postura. Explica que el humor resulta de tener “seis sétimos de corazón y un sétimo de lógica”, pues la lógica impide notar las contradicciones mientras que, si tuviéramos un poco más de corazón, la risa no pararía. Recurriendo a Bergson, establece tres maneras de lograr hacer humor: la repetición, el aumento desmedido y lo imprevisto. No deja de nombrar a Mark Twain como modelo de humorista.

Figura 4. Héctor Velarde, “(Algo sobre) La técnica del humorismo”, 1940. Tomado de la Revista de la Escuela Militar (1940).

En “Filosofía del humor” Velarde declara lo siguiente: “cuando en las cosas las formas superan al fondo aparece lo ridículo” (1943b), para rechazar la desconexión entre la apariencia y el contenido. Reconoce también la bondad implícita en el humor: “Sin fondo humano y sin sonrisa que alivie o corrija la angustia, el pesar o el error […], sacándolo a la superficie risueña de las cosas, no hay humorismo posible”.

Figura 5. Héctor Velarde, “Filosofía del humor”, 1943. Tomado de El Comercio (1943).

Forma y fondo son fundamentales, entonces, para comprender el humor que predica Velarde. En el Archivo de Arquitectura PUCP existe un documento donde ambos conceptos se presentan como para resumir el idealismo del arquitecto. Se trata del borrador de un cuento humorístico inédito, no fechado, donde Velarde modifica la frase de Descartes y dice: Soy, luego pienso. La frase es repetida varias veces alrededor del texto. Velarde usa la forma, materializada en los cuentos, para enseñar conceptos profundos de fondo filosófico. En esta dualidad se puede encontrar la clásica separación idealista entre mundo exterior y mundo interior, donde lo perdurable y eterno es el interior referido al alma (Velarde 1940a: 116). La forma se refiere a todo lo que existe gracias al fondo, que, siguiendo a Platón, es la fuente de todo lo perceptible por los sentidos (Velarde 1940a: 132).

Figura 6. “Cosas profundas” (s/f), documento inédito de Héctor Velarde con la frase “soy, luego pienso”. Fondo Documental VELARDE, Archivo de Arquitectura PUCP.

La arquitectura, idealmente, debería mostrar una correspondencia entre el propósito y el aspecto formal; en palabras de Velarde, en “la buena arquitectura la decoración acentúa, realza la verdad constructiva, en una palabra, la enriquece” (citado por Espinoza 1990: 19). Es decir, la forma corresponde íntimamente al fondo, lo hace más claro, honesto, verdadero y por ende más bello.

Así como en la arquitectura, forma y fondo deben corresponderse armónicamente en el lenguaje del humor. El humor, referido a la forma, y la sabiduría, que expresa el fondo, van de la mano. En la modernidad, deshumanizada y superficial, sin embargo “la forma no sigue a la función como en otras partes —Aristóteles— sino es la función la que sigue a la forma” (Velarde s/f).

Es inevitable mencionar que el valor del humorismo en los ensayos de Velarde reside en la virtud de la voluntad. El humor se convierte en un medio para hacer el bien y dar una sonrisa en momentos de dificultad, en sintonía con una valoración optimista de la vida. El idealismo de Velarde es también una prédica de entusiasmo.

Notas

[1] El título hace referencia a una charla de Héctor Velarde transcrita en la revista de la Escuela Militar en setiembre de 1940. En lugar de respetar el título original “La técnica del humorismo”, Velarde escribe encima con bolígrafo “Algo sobre la técnica del humorismo”. La corrección evidencia una actitud de humildad que comporta un rechazo de las verdades absolutas (Velarde 1940b).

[2] “La pirámide invertida: Sobre el eclecticismo medial de Héctor Velarde”, de Javier Suárez Trejo (2022), vincula la actitud humorista, incoherente y compleja de Héctor Velarde con la búsqueda de espacios de coexistencia y equilibrio entre ideas opuestas. “Héctor Velarde o la docencia traviesa”, de Antonio Espinoza (1990), enlaza la personalidad de Velarde como maestro a principios humanistas, donde destacan la sabiduría y la belleza en la vida del hombre. Por su parte, “El humor como expresión de la verdad”, de Elio Martuccelli (2013), aborda el humorismo de los ensayos de Velarde por el lado de la expresión libre, sencilla e irónica, sin plantear la existencia de alguna corriente filosófica en su pensamiento. Por último, Héctor Velarde. Equilibrio y proporción de tiempo y espacio, de Marta Cisneros Velarde (2015), relaciona la obra escrita y arquitectónica de Velarde con principios de la filosofía platónica, como la belleza eterna, real, inmutable y la voluntad de perfección.

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